LA ALEGRÍA PERONISTA

viernes, 7 de enero de 2011

El año de Néstor Kirchner.


Se fue 2010. Un año seguramente inolvidable, de esos que definen, con su sola presencia, toda una época. Fue, qué duda cabe, el año marcado a fuego por la muerte de Néstor Kirchner. Ya se ha escrito mucho y muy valioso sobre la extraordinaria significación de quien produjo un giro esencial en la historia contemporánea argentina y, también, sudamericana. Alguien que tomó las riendas de un país exhausto y humillado en su autoestima. Alguien que sin ser portador de un caudal electoral legitimador se despidió de la vida como muy pocos hombres o mujeres de la política: abrazado por multitudes, llorado por miles y miles de jóvenes que sintieron en lo profundo de sus corazones la interpelación lanzada por ese hombre desgarbado, de figura graciosa y de mirada dual que, como muy pocos, logró tocar fibras íntimas y sensibles de un pueblo mil veces herido y descorazonado que, sin embargo, percibió que aquel hombre venido del sur patagónico había sido portador de cualidades únicas y excepcionales.
Alguien que inició el arduo y olvidado trabajo de la reparación social al mismo tiempo que rehabilitó los caminos clausurados de la memoria y la justicia devolviéndoles su dignidad a miles de compatriotas que arrastraban no sólo la tragedia de su muerte inmisericorde sino, también, la del olvido y la injusticia.
Alguien capaz de desafiar a los poderes corporativos como no se lo hacía desde tiempos muy lejanos en un país devastado por la impudicia neoliberal y que se había acostumbrado a reducir los gobiernos democráticos a gestualidades vacías y complacientes ante los chantajes y las exigencias de los poderes económicos.
Alguien que reescribió, con otra escritura, el vínculo de la Argentina con sus hermanos latinoamericanos sabiendo, como lo supo desde un principio, que ese era el destino que nos venía esperando desde los albores de las gestas emancipadoras. Alguien que desacralizó el poder, que abrió las puertas de la Casa Rosada para que se acercaran todos aquellos que tenían algo que decir o que pedir sin importar su condición social.
Alguien que rompió el protocolo y que desacartonó la investidura presidencial empapándose de multitudes, dejando que la música y los músicos penetraran en los recintos misteriosos del poder.
Alguien que fue de frente, que supo desde siempre que mejorar la vida de los que menos tienen supone abrir zonas de conflicto y atravesar desafíos, de esos que suelen desencadenar los poderosos para impedir, como lo venían haciendo desde hace décadas, que se redefinieran las condiciones, injustas y desiguales, de la distribución de la renta.
Alguien que simplemente quebró el sortilegio de la decadencia irrefrenable, de la maldición que parecía amenazar para siempre a los argentinos, aquella que prometía sólo tempestades y desolación.
Alguien que tomó una decisión central y decisiva: prohibir la represión de cualquier protesta social al mismo tiempo que desautorizaba el uso de armas de fuego de parte de las fuerzas policiales. Porque conocía profundamente la historia maldita de muerte y represión se opuso a reproducirla en su gobierno, decisión que hoy ha redoblado, con enorme fortaleza, Cristina al nombrar a Nilda Garré como ministra de Seguridad. Un hilo sólido de continuidad atraviesa lo inaugurado por el flaco desgarbado y por su compañera de vida y de ideas.

La tristeza ante la noticia desoladora de una muerte injusta, el largo adiós de un pueblo que se volvía a inscribir en una saga que parecía pertenecer a otra época, mutó, con el correr de las horas, en compromiso con Cristina Fernández, en palabras nacidas del alma transformadas en gritos de aliento y fortaleza. Una sorpresa de la historia, de esa que se reconoce en viejas épicas subterráneas que cada tanto salen a la luz del día, para quienes se habían acostumbrado a reproducir un relato obsesivo, obsceno y obsecuente sobre una escena argentina convertida, gracias a ese relato monocorde, en una suerte de páramo en llamas. Kirchner, la inconmensurabilidad de su muerte inesperada, rompió en mil pedazos el sortilegio creado por la corporación mediática y abrió definitivamente las fisuras que terminaron por demoler el muro construido de mentiras.

Extraña y trágica la vida argentina que, a veces, necesita perder a sus mejores hijos para iluminar de otro modo una realidad rapiñada por el poder. Una rebelión de los sentimientos contra la maquinaria del fraude. La evidencia de que la multitud sabe, con sabiduría antigua y heredada de otras jornadas, quién merece su aprecio y su homenaje. La deuda que hemos contraído con Kirchner es cuantiosa, pagarla significa profundizar un proyecto que se inició el 25 de mayo de 2003 y que continúa con entereza y coraje Cristina pero al que no le faltan cuestiones irresueltas, de esas que afloraron con violencia y crudeza en Villa Soldati, en Lugano y en Formosa y que nos siguen mostrando una zona de inequidad que no ha podido ser modificada pese a las tasas de crecimiento económico y a la acumulación inédita de reservas. La querella por la igualdad, Kirchner lo sabía, insiste como una fuerza subterránea de la vida argentina y contra su resolución a favor de los muchos es contra la que dirigió, dirige y dirigirá todas sus baterías el poder económico concentrado.
Los jóvenes y, como siempre, los humildes, lo comprendieron inmediatamente y se volcaron a la Plaza de Mayo para rendirle tributo a esa exigencia de continuidad y profundización que llevaba dentro de sí el itinerario vertiginoso, enérgico, caudaloso y demasiado breve de Néstor Kirchner. 2010 será, qué duda cabe, un año bisagra, un tiempo sobre el que tendremos que volver una y otra vez para poder desentrañar los misterios de una Argentina siempre laberíntica, exuberante y desafiante que no suele ahorrarnos ninguna dificultad ni, tampoco, ser amarreta en emociones de diverso tipo.

Quedará tiempo para analizar más ampliamente todo lo que llevó dentro de sí un año tremendo e inolvidable (vértigo de sólo nombrar algunos de esos acontecimientos: el affaire Redrado, el debate sobre el uso de las reservas y el nombramiento al frente del Banco Central de Mercedes Marcó del Pont; las jornadas cuantiosas y memorables del Bicentenario; la aprobación de la ley de matrimonio civil igualitario pese a los esfuerzos denodados y ultramontanos de la jerarquía eclesiástica por impedirla; los juicios a los genocidas emblematizados en la condena a cadena perpetua en prisión común de Videla y Menéndez en Córdoba; el increíble crecimiento económico en medio de la crisis de los países centrales que cerró el año con un estallido de consumo; el conflicto por la tierra, el Indoamericano, la represión, las muertes y la emergencia del veneno racista; el triunfo, fundamental para la continuidad del proyecto latinoamericanista, de Dilma Rousseff en Brasil... y la lista sigue).

Comenzó el 2011. Año electoral en el que se juegan demasiadas cosas pensando en el futuro y, como siempre, en las extrañas vicisitudes argentinas que, eso ya lo sabemos, suelen ser espasmódicas. Un año para debatir sin complacencias lo acontecido, aquello que atravesó con intensidad inusitada y bajo la impronta de Kirchner, una etapa tal vez inesperada de la vida nacional. Un año en el que la sombra de lo irresuelto se expandirá, ominosa, sobre lo efectivamente reparado del cuerpo social como demostración, para las huestes opositoras, de lo fallido y de lo impostado, de aquello supuestamente prometido y nunca realizado, salvo, eso dirán a los cuatro vientos y ayudados como siempre por la corporación mediática, por el relato irreal de un oficialismo necesitado de reemplazar una realidad cruda por una ficción bucólica.

Los lenguajes a utilizar en un año electoral serán brutales y simplificadores. Tendremos que estar preparados para eludir la virulencia petardista de tirios y troyanos y para conservar, en lo posible, la cordura reflexiva y la sensibilidad crítica frente a una época compleja, ardua y laberíntica que no tiene un final garantizado.
Un año para debatir hacia dónde se orienta el país y para discutir a fondo lo que falta, aquello que todavía no pudo ser reparado o que quedó sepultado por las otras urgencias. Un año dibujado a fuego por la que será, tal vez, la elección más importante de las últimas décadas allí donde se definirán, como hacia mucho no ocurría, las alternativas, opuestas, de una sociedad que no podrá eludir las deudas impagas y las promesas sin cumplir, pero que también deberá definir hacia dónde desea dirigirse.
Una elección que, quizás, ayude a profundizar el abandono, iniciado en el 2003, de la matriz neoliberal, esa misma que redefinió durante largos años el derrotero de un país en estado de intemperie. Pero también una elección que lleva dentro de sí la amenaza del retorno, el aliento pestilente de lo fantasmagórico, de aquello que nos remite a la década del noventa, a sus delirios primermundistas y a su banalidad farandulesca. Dar cuenta del presente significa, una vez más, jugar en espejo con aquello que nos devuelve las imágenes de un pasado signado por el vaciamiento institucional y la hecatombe social sin por eso quedar cristalizados en una disputa de lo ya sucedido. En el interior de las sociedades lo que opera con fuerza decisiva es la posibilidad de conquistar, a los ojos de las mayorías, el sentido del futuro. El desafío de un proyecto político de transformación es equilibrar los relatos del pasado, su peso fundamental a la hora de reconstruir memoria e identidades, con la apertura, visible, del horizonte y hacerlo, esto, incluyendo lo desafiante y lo épico de un presente para nada resuelto.

En las multitudes populares que acompañaron a Kirchner en su adiós y que le confirieron su apoyo a Cristina, se expresó esa alquimia de pasado, futuro y épica del presente. Saber canalizar esta novedad es entender lo que significa la emergencia de lo instituyente democrático como eje vertebrador de un giro histórico. Un país en debate que cierra un año, el 2010, atravesado de lado a lado por la querella de la historia y la memoria, que supo, de un modo insospechado, transformar el Bicentenario en un acontecimiento festivo-reflexivo, en un acto en el que las multitudes pudieron interrogar lo sucedido en 200 años redescubriendo las luces y las sombras de un itinerario que supo de esperanzas y frustraciones, de sueños a realizar y de violencias barbáricas amparadas en las retóricas de la república y la democracia, de la civilización y del progreso.

Ese 2010, sellado por la muerte de Néstor Kirchner, será, qué duda cabe, un año inolvidable, un tiempo fastuoso para el engolosinamiento de historiadores que, en un futuro, no dejarán de interrogarse por un año tan cargado, complejo y contradictorio en el que prácticamente nada de la vida social permaneció intocado.

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